SER POBRE ES NO TENER DINERO.

De cómo subsanamos “la cultura de la pobreza”, pero no la propia pobreza

Por  Barbara Ehrenreich – Para Sin Permiso

Hace exactamente cincuenta años que los estadounidenses, o al menos aquellos que no eran pobres, “descubrieron” la pobreza gracias al apasionante libro de Michael Harrington The Other America (La otra América). Si tal descubrimiento nos parece ahora un poco exagerado, como el “descubrimiento” de América de Cristóbal Colón, ha sido porque los pobres, según Harrington, estaban tan “ocultos” y eran tan “invisibles” que hizo falta la cruzada de un periodista de izquierdas para sacarlos a la luz.

El libro de Harrington conmovió a una nación que en aquel entonces se enorgullecía de no ostentar clases diferenciadas e incluso se preocupaba de los efectos de degradación espiritual que conllevaba “un exceso de prosperidad”. Harrington estimó que un cuarto de la población vivía en la pobreza (entre ellos contaban negros residentes en ciudades, blancos apaches, granjeros, agricultores y algunos ancianos). Ya no podíamos entonces seguir fanfarroneando, como había hecho el presidente Nixon en su “debate de cocina” con el primer ministro soviético Nikitta Khrushchev en Moscú tan solo tres años antes, sobre los esplendores del capitalismo estadounidense.

Al mismo tiempo que proyectaba un puñetazo al estómago, The Other America ofrecía también una visión de la pobreza que parecía diseñada para acomodar aún más a los que ya entonces se encontraban cómodos. Los pobres eran diferentes del resto de nosotros, argumentaba, radicalmente diferentes, y no únicamente en el sentido de que estaban desposeídos, carentes de privilegios, faltos de una vivienda digna o de una alimentación suficiente. Además, ellos se sentían diferentes, pensaban de forma distinta y llevaban un estilo de vida caracterizado por la falta de proyección futura y poca templanza. Como escribió Harrington, “Hay un… lenguaje de los pobres, una psicología de los pobres, una visión del mundo de los pobres. Ser pobre implica estar alienado internamente, crecer en una cultura radicalmente distinta a la que domina nuestra sociedad.”

Harrington hizo tan buen trabajo al describir a los pobres como “otros”, que cuando leí su libro en 1963, no pude reconocer a mis propios ancestros o a mi familia en él. Bueno, he de decir que quizás algunos de ellos llevaron vidas un tanto desordenadas siguiendo los estándares de la clase media, los cuales incluyen la bebida en exceso, peleas ocasionales o concepciones extramatrimoniales. Sin embargo eran trabajadores perseverantes y en algunos casos ferozmente ambiciosos (cualidades que Harrington parecía reservar a la clase privilegiada).

Según él, lo que distinguía a los pobres era su peculiar “cultura de la pobreza”, un concepto que tomó prestado del antropólogo Oscar Lewis, quien lo desarrolló a partir de su estudio de los chabolistas mejicanos. La cultura de la pobreza dio a The Other America un giro académico, pero también confirió al libro un doble mensaje un tanto conflictivo: “Nosotros” (el siempre presuntamente concurrido lector) necesitábamos encontrar la forma de ayudar a los pobres, pero también entender que había en ellos algo que no estaba bien, algo que no podía subsanarse con una redistribución total de la riqueza. Pensemos, a modo de ilustración, en un liberal serio que se encuentra con un mendigo, siente una inmediata compasión por la evidente indigencia del hombre, pero no le ofrece ni una sola moneda (ya que seguramente el vagabundo, después de todo, se gastará el dinero en alcohol).

Para salir en su defensa, diré que Harrington no se refería a que la pobreza estuviera causada por lo que él llamaba las proclividades “retorcidas” de los pobres. Pero ciertamente dio vía libre a la interpretación. En 1965, Daniel Patrick Moynihan (un liberal ocasional y uno de los compañeros de bebida de Harrington en la famosa Taberna del Caballo Blanco en Greenwich Village) culpó a la pobreza urbana de lo que él veía como la estructura inestable de la “familia negra”, allanando el camino a una mecánica de culpabilizar a las víctimas que ha durado décadas. Unos pocos años después del Informe Moynihan, el urbanólogo de Harvard Edward C. Banfield, quien serviría de consejero a Ronald Reagan, no tuvo reparos en afirmar que:

“El individuo de clase baja vive el momento… su comportamiento es siempre impulsivo… es por tanto radicalmente impróvido: aquello que no puede consumir inmediatamente lo considera carente de valor… tiene una conciencia de sí mismo atenuada y débil.”

En los “casos más duros”, opina Banfield, algunos pobres pueden necesitar ser atendidos en “semi-instituciones… y aceptar una cierta supervisión o vigilancia por parte de un semi-trabajador-social-semi-policía.”

En la era Reagan, la “cultura de la pobreza” se había convertido en la piedra angular de una ideología conservadora: la pobreza estaba causada no por los salarios bajos o la falta de empleo sino por actitudes reprobables y estilos de vida irresponsables. Los pobres eran gente licenciosa, promiscua, tendentes a la adicción y al crimen, incapaces de “demostrar gratitud” o posiblemente incluso de utilizar un despertador. De hecho, Charles Murray aseguró en su libro de 1984 Losing Ground (perdiendo pie) que cualquier intento de ayudar a los pobres con sus circunstancias materiales traería la única consecuencia esperada de agudizar aún más su desconsuelo.

Así que fue bajo el dictado de un espíritu magnánimo e incluso compasivo que demócratas y republicanos se unieron para reconfigurar los programas sociales con los que subsanar, no la pobreza, sino la “cultura de la pobreza”. En 1996 la administración Clinton aprobó la ley “One Strike” (un golpe) la cual prohibía a cualquiera que hubiera cometido un delito de faltas beneficiarse de la vivienda pública. Unos meses después, la asistencia social fue remplazada por una Asistencia Temporal a Familias Necesitadas (ATFN), la cual en su forma actual provee asistencia tan solo a aquellos que tienen trabajo o pueden participar en algún “trabajo social” impuesto por el gobierno.

Posteriormente se volvió a dar luz verde a la teoría de la “cultura de la pobreza” y el proyecto de ley original de la reforma del bienestar destinó 250 millones de dólares en cinco años a un “entrenamiento de castidad” para las madres pobres solteras (Este proyecto de ley, todo hay que decirlo, fue firmado por Hill Clinton).

Incluso hoy en día, más de una década después, tras cuatro años de crisis económica severa y con cada vez más personas de la clase media que ingresan en la pobreza, la teoría sigue atrayendo al público. Si uno pertenece al grupo de los más necesitados seguramente necesite algún tipo de corrección, así que a los destinatarios del ATFN se les instruye rutinariamente para que aprendan a mejorar su actitud y todos los solicitantes de los programas de redes sociales, cada vez más numerosos, deben someterse a inspecciones para ver si consumen drogas. Legisladores de veintitrés estados están considerando hacer pruebas a las personas que solicitan programas de preparación al trabajo, cupones de alimentos, vivienda de protección oficial, asistencia social o ayudas para obtener calefacción en el hogar. Además, siguiendo la teoría de que los pobres tienen más probabilidades de albergar tendencias criminales, a los solicitantes de programas de redes de seguridad se les somete a la toma de sus huellas dactilares y a búsquedas computacionales.

El desempleo, que brinda grandes oportunidades para escaquearse de trabajar, es otra de las condiciones sospechosas: el año pasado doce estados consideraron exigir pruebas de orina como prerrequisito para beneficiarse de las ayudas al desempleo. Tanto Mitt Romney como Newt Gingrich han sugerido establecer pruebas de detección de consumo de drogas como prerrequisito para beneficiarse de cualquier ayuda gubernamental, presumiblemente incluyendo la seguridad social. Si la abuelita insiste en paliar su artritis con marihuana, tendrá que resignarse a pasar hambre.

¿Qué pensaría Michael Harrington del uso actual que se hace de su teoría de la “cultura de la pobreza”, que con tanto esfuerzo intentó popularizar? Trabajé con él en los años ochenta, entonces éramos codirectores de Socialistas Democráticos de América, y ahora sospecho que él habría tenido la decencia de sentirse disgustado, si no mortificado. En todas las discusiones y debates que mantuve con él jamás emitió una sola palabra desdeñosa entorno a los vagabundos o, lo que es más, nunca pronunció la frase “cultura de la pobreza”. Maurice Isserman, el biógrafo de Harrington, me dijo que éste se aferró al término en primer lugar sólo porque “no quería sonar en el libro como un agitador marxista estereotípico estancado en los años treinta.”

La argucia (si se le puede llamar así) funcionó. Michael Harrington no fue acusado de rojo ni relegado por ello. De hecho, su libro se convirtió en un éxito de ventas y sirvió de inspiración al presidente Lyndon Johnson en su guerra contra la pobreza. Sin embargo se cargó con ello fatalmente el “descubrimiento” de la pobreza. Lo que los estadounidenses adinerados encontraron en su libro, y en todas las diatribas conservadoras que lo siguieron, no fue a los pobres, sino una nueva forma bastante halagüeña de pensar en sí mismos (disciplinados, cumplidores de la ley, sobrios y centrados en sus quehaceres). En otras palabras: no pobres.

Cincuenta años después, se hace más necesario que nunca un redescubrimiento de la pobreza. Esta vez tendremos que incluir no sólo a los estereotípicos residentes de las barriadas pobres, sino también a embargados y desalojados de las zonas suburbanas, a desempleados técnicos y a la creciente armada estadounidense de “trabajadores pobres”. Además, si ponemos un poco más de atención, tendremos que concluir que la pobreza no es, después de todo, una aberración cultural o un defecto de carácter. La pobreza es simple y llanamente falta de dinero.

 

Barbara Ehrenreich es autora de varios libros, recientemente ha publicado Bright-Sided: How the Relentless Promotion of Positive Thinking Has Undermined America. Acaba de publicarse la edición del décimo aniversario de su éxito de ventas Nickel and Dimed: On (Not) Getting By in America por Picador Books.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Uncategorized. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s