AQUEL PROGRAMA DE ERFURT. LA IZQUIERDA SERIA DEBE PENSAR UN PROGRAMA SERIO.

Erfurt por segunda vez: un programa socialista serio para un partido socialista serio

Por Michael R. Krätke – Para Sin Permiso

Fue una hermosa idea de la dirección: con el fin de crear el ambiente adecuado para el Congreso de La Izquierda que había de votar el programa del partido, un grupo de los miembros más destacados leyó en voz alta desde el escenario algunos de los pasajes del viejo Programa de Erfurt de 1891 del Partido socialdemócrata alemán (SPD). Aquel programa, que coescribieron Karl Kautsky, Eduard Bernstein y, discretamente y en segundo plano, Friedrich Engels, era conciso y directo: cuatro páginas y media.

 

Aún hoy es una lectura que merece la pena. Mucho de lo allí escrito sigue siendo hoy válido, a pesar de todas las transformaciones por las que ha atravesado el capitalismo desde entonces. En verdad vivimos en un mundo en el que se ha ensanchado incesantemente «el abismo entre los propietarios y quienes no poseen nada». Experimentamos crisis «cada vez mayores y más devastadoras», la «inseguridad diaria» en nuestra vida se ha convertido en una «condición habitual» para una creciente parte de la población asalariada en todos los países capitalistas. Este capitalismo no funciona y no puede seguir así. [1]

 

Desde el primer borrador de marzo de 2010 hasta su redactado definitivo actual, el programa de La Izquierda, aprobado el pasado 23 de octubre de 2011 con casi el 97% de los votos, fue debatido largo y tendido, en ocasiones con aspereza. Consecuencia de ello es que el programa –el primero del partido– es demasiado largo y exageradamente redundante. Quien no esté familiarizado con la peculiar cultura de debate de La Izquierda alemana desde su nacimiento sólo podrá conducirse penosamente y con esfuerzo a través de sus 58 páginas. Se trató de incluir todo y a todos lo que tenían que estar dentro, y aún así algunos se quedaron fuera.

 

El programa es un documento del laborioso proceso de autoconciencia de un partido que ha intentado superar la eterna división de la izquierda alemana. Un programa que ha sido escrito en primer lugar para el propio partido, con el objetivo de unir lo que desde hace tiempo no está unido. Y con todo, a pesar de todas las indecisiones e inseguridades, a pesar de los compromisos formales alcanzados, el programa supone un progreso en el proceso de formación de conciencia para sí de este joven partido. Se deja sentir la fuerza analítica y la claridad del marxismo clásico, pero se echa en falta la violencia retórica del Manifiesto del Partido Comunista. [2] Muchos cocineros han preparado este caldo. Y sin embargo es agradable al paladar. Como lo que es: un programa reformista y socialista de izquierdas para un partido socialista.

 

Sin embargo, un programa de La Izquierda de aquí y hoy debe ofrecer algo más que hacer enrabiar a la vieja gruñona del SPD, tomándole el término de “socialismo democrático” (demokratischen Sozialismus). La Izquierda tiene problemas muy diferentes: en la mayor crisis de la economía capitalista mundial desde la Gran Depresión de los años 30, La Izquierda no consigue llevar el agua de la creciente ola de un anticapitalismo sentido pero desamparado a su molino. La clase política se ha demostrado más perpleja y desorientada que nunca, pero La Izquierda no ha podido oponer ningún concepto convincente ni a la política de crisis ni a la crisis de la política. Haber tenido la razón no es suficiente.

 

El nuevo Programa de Erfurt, con sus larguísimas tiradas, será motivo de alegría para los que están siempre dispuestos a encontrarle tres pies al gato: a fuer de buscarla siempre encuentran alguna tontería, y en este caso se trató de un atrevido pasaje sobre la política de control de drogas (que por cierto sólo recoge lo que los especialistas dicen y predican desde hace años y años). Pero quien, siguiendo el proceder de los tabloides alemanes, sólo persiga bichas, se verá pronto sin mucho que hacer. Para horrorizar al contribuyente no se escribe ningún programa, la situación ya es bastante seria para eso. No, el programa debería proporcionar información. ¿Sabe La Izquierda en qué mundo capitalista vivimos, qué otros mundos son posibles y cuál es el que quiere? ¿Conoce el camino que nos lleve fuera del embrollo actual?

 

Del socialismo tradicional al socialismo de izquierdas

 

Todo gira en torno al socialismo democrático desde buen comienzo. Nada especial para un partido socialista en Europa. Pero una ruptura considerable en la tradición, un salto enorme sobre la propia y alargada sombra para quienes proceden de la tradición del SED [Sozialistische Einheitspartei Deutschlands, Partido Socialista Unificado de Alemania, partido de gobierno en la extinta RDA, N.T.], del comunismo alemán. Allí se entendía, y se entiende aún, el “socialismo democrático” como un diabólico instrumento reformista enviado al mundo por los pérfidos revisionistas para ponerle la zancadilla al verdadero socialismo, el socialismo realmente existente, y conducir al pueblo trabajador por el camino equivocado.

 

Todo cosa del pasado. La democracia política, la democracia social, e incluso la democracia económica, cosas que en su tiempo se lamentaron como las peores de todas las aberraciones socialdemócratas, han llegado a La Izquierda para quedarse. Ya no se habla de revolución ni de dictadura, las amargas lecciones del pasado han sido aprendidas: quien no quiera hablar de estalinismo mejor debiera mantener la boca cerrada sobre el socialismo y el comunismo. En el programa no sólo se habla del “rechazo del estalinismo como sistema”, sino también, con cierta vergüenza, de los “crímenes” de este sistema, de las décadas de “perversión” (y en ningún caso casual) de los objetivos e ideales socialistas que se le imputa a los miembros del partido que proceden de la extinta Alemania oriental. Si toda la izquierda, la del Oeste como la del Este, puede aceptar el rechazo de las fantasías revolucionarias y los fantasmas dictatoriales, es ya harina de otro costal. En cualquier caso apunta en la dirección adecuada: si la izquierda socialista quiere renacer y sostenerse sobre su propio pie, todo el lenisnimo-estalinismo-trotskismo, con sus visiones maniqueas del mundo, sus explicaciones del mundo primitivas y teorías de la conspiración, así como sus caricaturas perjudiciales e impertinentes sobre Marx, pertenecen al basurero de la historia (y no digamos ya las falsificaciones de Luxemburg y otros absurdosa similares). Heiner Müller lo ha expresado de la manera más concisa y amarga: «En la Unión Soviética y en la RDA se llevó a cabo el descomunal intento de desacreditar a Marx. Este intento ha fracasado.» Que nadie lo dude. Uno no puede sino admirar calmo el coraje moral e intelectual de quienes intentaron imponer este fracaso, el cual, en cualquier caso, debe reconocerse como una rareza histórica.

 

¿Más allá del capitalismo?

 

Quien quiera superar al capitalismo, como reza el programa, primero tiene que comprenderlo. Esta buena y vieja práctica la han seguido los autores del programa. En su crítica del capitalismo de tipo impresionista, en el estilo de los novísimos nuevos movimientos sociales, uno puede tropezarse sin embargo con el «carácter contradictorio» (Widersprüchlichkeit) así como como la «capacidad de modificación» (Veränderbarkeit) histórica del capitalismo realmente existente. Nadie cuestiona tampoco que el patriarcado es aún más viejo que el capitalismo moderno (del mismo modo que lo son el Estado, el mercado y otras instituciones merecedoras de crítica). Pero quien quiera salir de la crisis económica mundial en curso ayudándose del análisis no está obligado a cansinas excursiones a la historia universal. La crisis es entendida aquí, sin sorpresas, como una crisis del «capitalismo neoliberal», originada en la crisis de la década de los setenta. Rica en palabras y detalles es la descripción del pernicioso capitalismo actual –el «capitalismo financiero», en contraste con el capitalismo del compromiso de clases, etiquetado curiosamente como «economía de mercado social»– donde La Izquierda, sin darse cuenta o sin quererlo, asume la leyenda legitimadora central de la burguesía alemana (y el ideal secreto del SPD). Así surge, sin saber muy bien cómo, una comunidad de creyentes que incluye desde Hans Werner Sinn hasta Sahra Wagenknecht. [3]

 

Completamente correcta y contra la moda dominante de la visión de túnel con orejeras es la necesaria crítica a lo obvio, a saber: que la crisis actual no ha caído del cielo, que fue preparada por una política errada de cabo a rabo practicada durante decenios, y que es multidimensional, esto es, que es a un mismo tiempo una crisis económica, social, política y ecológica. Pero su particular dinámica la evita por alguna razón La Izquierda, que insiste en hablar de crisis parciales y paralelas, de una crisis «de cuatro aspectos». Tampoco ve el fenómeno, particularmente curioso, de que la política y teoría neoliberales hayan permanecido hasta la fecha intactas durante la crisis y mantengan su hegemonía, [4] ni parece sospechar algo del desplome de la economía capitalista, que augura una verdadera cesura histórica, un cambio de época. Esto es desafortunado, y sin embargo, en el texto del programa se adivina, como un relámpago, el homenaje a August Bebel y su muy citado «catacrack» (Kladderadatsch), la perspectiva de una «crisis que amenace mundialmente a la civilización humana». [5] Los autores del programa del partido que tiene a Rosa Luxemburg como icono podrían aprender que para afirmar la finitud histórica del capitalismo, sus límites, no se necesita invocar el fin del mundo.

 

Es interesante lo que La Izquieda tiene que decir sobre el socialismo democrático, para enfado de la izquierda socialdemócrata (o lo que quede de ella). De repente aparece ahí La Izquierda, tan atrevida y desafiante como Oskar, [6] y reclama para sí el «socialismo democrático» y también la «transformación socioecológica». Y a diferencia de aquellos, no lo hace con torpeza. Una «sociedad socialista» como comunidad solidaria, con estado social de derecho, una «democracia social» con que vincule a los ciudadanos para la unidad hecha realidad –junto con el catálogo de valores fundamentales de «libertad, igualdad, solidaridad»– y aún paz y sostenibilidad ecológica, son cosas que se encuentran en muchos de los programas socialdemócratas y la mayoría de socialdemócratas (excepto algunos miembros de Seeheimer y los amigos de la economía y el orden)podrían suscribirlo sin problemas. [7]

 

La Izquierda reclama una economía mixta, con una pluralidad de formas de empresas y propiedad. En lo que se refiere a las formas de «socialización» de la nueva “propiedad pública”, el programa es vago. Se rechaza una «propiedad estatal que lo abarque todo», pero no se atreve a decir que la «estatalización» puede no ser ninguna solución, sino, en el mejor de los casos, una ayuda formal para buscar una solución (como, por cierto, ya sabía el viejo Friedrich Engels). La estatalización ha de buscar vincularse con las formas de economía solidaria ya existentes y potenciarlas (por ejemplo, las cooperativas) para, a partir de ahí, construir en el futuro algún tipo de economía mixta.

 

Muy poco sobre democracia económica

 

Pero donde La Izquierda pincha nervio es en la cuestión de la democracia económica. Lo sabemos desde hace décadas: la democracia económica comienza seriamente con la democracia industrial (Betriebsdemokratie), cuando los trabajadores se hacen cargo de la administración de su trabajo en las empresas. Pero la democracia económica no puede y no debe quedarse ahí. Debe ampliar el orden democrático hacia los mercados, la competencia, la mesoeconomía y la macroeconomía. Sólo puede hablarse con justicia de democracia económica cuando los ciudadanos de una sociedad tal pueden hablar y decidir sobre cosas tan esotéricas y oscuras como índices de crecimiento y de inversión, tasas de interés y tasas de intercambio. Cuando se critica la ideología dominante de la «eficacia» de los mercados como hace, justamente, La Izquierda, debe al menos pensarse en dar el paso siguiente, esto es, atreverse a hablar la «socialización» de los mercados y de la organización planificada de toda la economía. Pero el plan es para La Izquierda, en la que militan muchos hijos de la fracasada economía planificada, una cuestión delicada, no menos que la participación de los trabajadores (Mitbestimmung) más allá del ámbito del comité de empresa, hasta alcanzar el parlamentarismo (algo que se encontraba en el orden del día ya en 1918 y 1919). De manera completamente justa y ciertamente valiente los autores del programa constatan que las formas de propiedad no pueden ser excluyentes: también la propiedad privada pueden tener un lugar justificado en una “economía mixta” como, de hecho, sucede en una “economía socialista de mercado”.

 

No facilita la comprensión del asunto que en el programa se defienda al mismo tiempo y con claridad meridiana una política de pleno empleo (junto con un reducción de la jornada laboral y todo lo que acompaña a esta idea). Eso significa un plan para el marco de desarrollo de la economía (gesamtwirtschaftliche Rahmenplanung), planes de inversión y control de inversiones, algo a lo que estaban dispuestos el SPD y los sindicatos germano-occidentales hace más de treinta años. Cómo tendría lugar la transformación ecológica, un cambio de régimen energético consecuente sin planificación presentado a lo grande, cómo lo “social” en la expresión “transformación socio-ecológica” ha de funcionar sin la participación de todos los trabajadores (no sólo los “afectados”) –sobre el modo, el objetivo, el ritmo y los costes de esta enorme operación– es algo que no parece seriamente pensado. En el programa se habla de «una dirección democrática del desarrollo económico». Pero ésta necesita instituciones y normas, estándares. Se repite con frecuencia, para asegurarse, que la economía en el futuro no debería servir más a la obtención de beneficios de ningún modo, pero así se evita plantear algunas de las cuestiones principales: ¿Qué aspecto debería tener un modelo de crecimiento «económicamente democrático»? ¿Cuánto y qué tipo de crecimiento necesita para crear la base necesaria para la «justicia social»?

 

La Izquierda reclama en su programa una ampliación extensa del sector público (no del Estado). Sin embargo, qué ha de descansar en la “mano pública” (no el Estado) del abanico de “bienes y servicios básicos” para cubrir las necesidades vitales (energía, agua, movilidad, infraestructuras sociales, educación, sanidad, cultura y deporte, pero también “instituciones financieras” y, no lo olvidemos, comunicación por televisión y por Internet) es algo que debe concretarse, no menos que cómo se presenta este mundo alternativo al mundo de las mercancías y mercados y empresas capitalistas. De hecho, sólo con una alteración de los títulos de propiedad no se puede ir demasiado lejos y desde luego no tan lejos como para poder fundar un gran relato de la buena vida para todos en una nueva sociedad. Los relatos que aparecen en el programa de La Izquierda repiten la letanía del buen y viejo reformismo del SPD: paso a paso, siempre hacia adelante. Para «otro orden económico», para una «transformación socialista democrática» se necesita sin embargo algo más que dar pasos, más bien zancadas, y desde luego también atrevidos proyectos de reforma. De ellos hay muchos, todos se enumeran valientemente en el programa y descritos generosamente. Cualquier proyecto político económico de La Izquierda orbita alrededor de la plena ocupación, de la retirada de la política de bajos salarios de los últimos años y, obviamente, un cambio de dirección razonable y duradero de la política alemana. Política industrial, de estructuras, etc., merecen tener todos estos elevados objetivos: plena ocupación, salarios decentes y una seguridad social extensiva. ¿Qué socialdemócrata, qué sindicalista no desea algo así?

 

La cuestión, empero, de si este retorno a la imagen idealizada del “buen capitalismo” de la época áurea del compromiso de clases es aún posible en la economía mundial actual, y si lo es, con qué condiciones y a qué precio es algo que no se plantea en absoluto. La cosa incluso se complica, y se enreda mucho más cuando se tiene en cuenta que la política del mercado laboral, también la política de izquierdas adecuada, es incapaz de funcionar sin una política económica mundial. La Izquierda tampoco tiene una imagen propia de un estado social reformado y transformado, sino que toma piezas de recambio del programa socialdemócrata de los últimos años (seguridad cotidiana, seguridad y solidaridad para las pensiones). Los errores de construcción del Estado social de la República Federal Alemana, un modelo muy particular entre los estados del bienestar europeos, no son tenidos aquí en consideración. Otra vez más se sigue a la izquierda socialdemócrata.

 

Otros puntos candentes siguen prudentemente entre paréntesis. Tras el lema: «¡de eso nos ocuparemos más adelante!», se sigue discutiendo abiertamente sobre la Renta Básica y la creación y características de una oficina para la creación de puestos de trabajo públicos. El partido no sabe aún lo que quiere. Y es una lástima, porque así hubiera podido mostrar sus cartas abiertamente, e incluso debería hacerlo para poner fin al tira y afloja entre fracciones. En la gran crisis, en la que ayer como hoy se celebran alegremente todos los tipos de socialismo utópico en su estado original y cualquier plan milagrero de salvación que logre la cuadratura del círculo, un partido socialista no abandonarse a semejantes debates. Debe tener un concepto claro y elaborado del orden económico mixto al que aspira (socialismo de mercado más democracia económica). Todas las preguntas con respecto a la Renta Básica y un sector de ocupación público se acabarían de golpe.

 

Rigorismo moral en vez de conceptos inteligentes

 

La Izquierda sabe lo que no quiere y lo dice. La guerra no la quiere bajo ninguna circunstancia. ¿Pero quién la quiere realmente? Mientas se comporta acríticamente, casi ingenuamente, a la actual praxis de la ayuda al desarrollo, reclama un cuerpo de ayuda a la paz. Willy Brandt, el patrón designado para el nombre, hubiera estado satisfecho del gran honor que su nieto Oskar le ha concedido. [8] Pero nadie tiene nada en contra de organizar la ayuda profesional a catástrofes, epidemias, hambrunas y la llegada de refugiados, aunque sea bajo un nuevo nombre. Sin embargo, La Izquierda ha ido tan lejos en su rigorismo moral como para excluir la participación en cualquier intervención militar bajo mandato de la ONU, al punto, incluso, de que no se colaboraría con el mantenimiento de la seguridad para las caravanas de ayuda. Bajo ninguna circunstancia nos mancharemos las manos de sangre: eso no es ninguna política pacifista, una pretensión tan sólo, bastante arrogante por cierto, a detentar un papel especial en las relaciones internacionales. Aquí cae de repente La Izquierda en un utopismo de apariencia radical que en el resto de su programa evita por buenas razones. En el plano de la política mundial La Izquierda se coloca a sí misma en una época imaginaria en la que los piadosos deseos, los principios nobles y las palabras de amistad pueden servir de ayuda. En Alemania, con sus múltiples traumas de guerra, algo así funciona. Los socialdemócratas lo saben bien: Gerhard Schröder pudo implementar su Agenda 2010 gracias a su aura como Príncipe de la Paz. ¿Pero quién necesita un Príncipe de la Paz de La Izquierda?

 

Lo que necesita La Izquierda son conceptos bien aplicados y bien entendidos para poder navegar con el «viento de la historia mundial». Tiene que tenerse el concepto correcto y tiene que aplicarse correctamente, como mencionó Walter Benjamin, citado en el Congreso. [9] Los conceptos son cosa bien diferente a las palabras, incluso los muy venerables, como el de “imperialismo”. Con muchas palabras y con pocas, a menudo se aplican los conceptos falsos y uno no navega con el viento de la historia, sino más bien con el viento de cara.

 

Rosa y Eder, unidos de nuevo

 

El viejo Eduard Bernstein, que fue un izquierdista en la socialdemocracia, debe frotarse las manos en el cielo de los marxistas de puro contento. Él y Rosa Luxemburg son, al fin, reconciliados en un partido. A algunos delegados debió disgustarles algunas partes de la crítica capitalista, a la que vieron, seguramente, como izquierdismo, como una declaración de guerra declamatoria que, con su toque apocalíptico, tiene la confusión como base para un nuevo orden económico. Pero en balance, parece como si Bernstein hubiera ganado finalmente. El partido que apela a la autoridad de Rosa Luxemburg es exactamente lo que el SPD fue tras Bernstein, aunque no se atrevía a ejercer como tal: un partido reformista demócrata y socialista. [10] A la izquierda del partido sigue habiendo espacio de sobras para los amigos del “verdadero” comunismo y la revolución “permanente”. Se estrechan las posiciones entre la vieja izquierda socialdemócrata y La Izquierda. Son más parecidos de lo que ellos mismos están dispuestos a reconocer.

 

 

NOTAS:  [1] El texto del Programa de Erfurt puede encontrarse en Programme der deutschen Sozialdemokratrie, Bonn o.J., pp. 75-80. [2] El Manifiesto aparece ocasionalmente en cripto-citas. Un pasaje central del Manifiesto, la conocida formulación de la sociedad sin clases como una «asociación donde el libre desarrollo de cada uno es la condición para el libre desarrollo de todos» (Karl Marx y Friedrich Engels, Manifiesto del Partido Comunista, en: MEW, tomo 4, p. 482) se cita una vez explícitamente y dos de manera implícita. [3] Hans-Werner Sinn (n. 1948), economista alemán, presidente del Instituto de investigación económica IFO, uno de los mayores thinktanks económicos alemanes. Sahra Wagenknecht (n. 1969),  vicepresidenta de La Izquierda, representa a su ala izquierda. (N.T.) [4] Véase Colin Crouch, “Das lange Leben des Neoliberalismus”, en Blätter, 11/2011, pp. 49-62; del mismo autor: Das befremdliche Überleben des Neoliberalismus (Frankfurt am Main, Postdemokratie II, 2011) [5] Kladderadatsch era el nombre de un semanario satírico publicado desde 1848 hasta 1944. El título de la cabecera está tomado del dialecto berlinés y significa «algo que cae al suelo y se rompe en pedazos causando un gran estruendo». La popularidad del semanario hizo que su nombre se convirtiera en una palabra de uso común y que August Bebel la emplease irónicamente para referirse al colapso de la sociedad burguesa. [6] “Frech wie Oskar” en el original. Se trata de una expresión idiomática alemana extendida en el norte de Alemania, de origen desconocido, y cuya traducción no puede incluir todos los matices del término original (‘frech’ puede significar ‘atrevido’, ‘descarado’, ‘fresco’, ‘insolente’, ‘desafiante’, ‘desvergonzado’). En el texto de Krätke, Oskar hace referencia, naturalmente, a Oskar Lafontaine. El lema “Frech wie Oskar” ha sido también utilizado en varias campañas de La Izquierda. (N.T.) [7] El círculo de Seeheim (Seeheimer Kreis) es una fracción socialdemócrata fundada por diputados del partido en 1974 en la localidad de Seeheim-Jugenheim (Hesse), de la que toma su nombre. A pesar de su lema –”la fuerza progresista en el SPD”–, el círculo de Seeheim representa al ala derecha –conservadora y neoliberal– del SPD. (N.T.) [8] Oskar Lafontaine pertenece a una generación de dirigentes del SPD conocida como “nietos” de Willy Brandt, a la que pertenecen también Björn Engholm, Rudolf Scharping y Gerhard Schröder. La definición de “nietos” de Willy Brandt buscaba marcar la distancia con respecto a los sucesores directos de Brandt en el SPD –Helmut Schmidt y Hans-Jochen Vogel– y la proximidad con los postulados socialdemócratas clásicos de Brandt, que Scharping y Schröder abandonaron tras su llegada al gobierno. [9] La imagen del concepto como “viento para navegar” (Segeln) y el arte como las velas que lo recogen se encuentra en las notas de Benjamin a sus Pasajes (véase Walter Benjamin, Das Passagen-Werk – Aufzeichnungen und Materialien, en: Gesammelte Schriften, tomo V-1, Frankfurt am Main, p. 591) [10] Véase Eduard Bernstein [1899], Die Voraussetzungen des Sozialismus und die Aufgaben der Sozialdemokratie (Reinbek bei Hamburg, 1969), p. 196.

 

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