CUANDO EL EJERCITO ROJO SALVO A EUROPA Y A LA HUMANIDAD EN MINSK

70 años de la operación Barbarossa en Minsk

Por Ulrike Baureithel – Para Sin Permiso

Hace 70 años, el 27 de junio de 1941, tropas alemanas conquistaron la capital bielorrusa, Minsk. Para sus habitantes comenzó un martirio al que la mayoría no sobrevivió.

El 27 de junio de 1941 tropas alemanas entraron en la Plaza de la Libertad de Minsk en camiones militares, portando ametralladoras pesadas mientras unidades de la Wehrmacht penetraban en la ciudad a través de la avenida Vilenskoe. Minsk ardería poco después. De los 240.000 habitantes que permanecían aún en la ciudad, 100.000 huyeron presos del pánico aquel mismo día. Muchos intentaron hacer acopio de ropa y comida en las tiendas. Los administradores económicos alemanes tomaron control de la ciudad no mucho después. Mientras en los alrededores de Minsk y Byalystok el Ejército Rojo luchaba duramente y sufriendo enormes bajas durante semanas contra los invasores alemanes y defendía la fortaleza de Brest aún otras cuatro largas semanas, el comandante de campo alemán decretaba para la población en Minsk registros continuos. Los alemanes buscaban así protegerse de los hombres que habían decidido unirse masivamente a la resistencia. Esta medida fue al mismo tiempo un requisito para poder reunir a la población a la población restante, separarla por grupos y sistemáticamente reducirla al hambre.

El mayor grupo de víctimas: los prisioneros soviéticos

Rafael M. Bromberg, de quien proceden estas observaciones, residió hasta comienzos de septiembre de 1942 en Minsk y estuvo internado en el campo de Drozdy. Se unió más tarde a la brigada de partisanos Nikitin, donde informó de la brutalidad sin precedentes con la que los ocupantes alemanes trataron no solamente a los 700.000 prisioneros de guerra bielorrusos, sino también, y particularmente, a la población civil. Bromberg describe cómo soldados alemanes lanzaban una hogaza de pan a los hambrientos internos de un campo para fotografiarlos peleándose por él como entretenimiento, cómo los hombres saltaban al río para poder calmar su sed y eran fusilados desde las orillas por los soldados o cómo los convictos comunes de las prisiones eran transferidos a los campos de concentración y empleados para hostigar a los judíos. 

Las consecuencias de la agresión alemana han quedado marcadas a fuego en la memoria colectiva bielorrusa. De los nueve millones de habitantes que tenía el país en 1941, 2’2 millones no sobrevivieron a la guerra; la mayoría de las ciudades fueron destruidas prácticamente hasta los cimientos; ardieron junto con sus habitantes más de 9.000 pueblos y aldeas de los que no ha quedado ningún rastro. No hay ninguna familia en el país que escapase de la guerra, afirma el embajador de la República de Bielorrusia en Alemania, Andrei Giro, en un acto conmemorativo en Berlín.

Giro recuerda la enorme tarea que supone superar el comprensible e indiscriminado odio hacia los alemanes. Precisamente porque no se puede juzgar a los alemanes en abstracto, porque los millones de habitantes de Bielorrusia hubieron de enfrentarse en las zonas ocupadas durante mucho tiempo al comportamiento y las costumbres de los soldados alemanes, ha sido tan difícil no identificar aquellos sucesos con el conjunto del pueblo alemán. En Bielorrusia, aunque muchos judíos vivían en el país, los presos de guerra soviéticos fueron el mayor grupo de víctimas: se los fusilaba, en público, ante los ojos de la población civil.  

No a la relativización de la historia

Mientras las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial siguen presentes en Alemania según una reciente encuesta en una cuarta parte de la población y sólo 28 por ciento de los alemanes se ve responsable de los pueblos agredidos hace setenta años, en las naciones atacadas la contribución del Ejército Rojo –con todas las críticas justas a la política de Stalin como pueda haber– es honrada como la salvación de la civilización humana. “Piensen solamente por un instante qué hubiera ocurrido si la Unión Soviética no hubiera podido resistir este ataque”, dice el embajador Giro a propósito de la actual relativización de la historia. Ante el discurso reflexivo de Giro y el recuerdo de que la tragedia no se encuentra nunca en las cifras de muertos sino en la muerte de cada individuo, debería matizarse nuestra visión de un país que en Europa es percibido sobre todo como la “última dictadura” del continente.

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