El liberalismo, su trivialización de los hechos, las mentiras del New York Times,la censura que ejercen los “bienpensantes”

Un diagnóstico de la situación actual

Por Samuel Farber  para Sin Permiso

 

Nuestro amigo Samuel Farber reseñó para la revista canadiense New Socialist el libro de Chris Hedges, Death of the Liberal Class (New York: Nation Books, 2010).

Chris Hedges fue reportero del New York Times donde trabajó por quince años, cuatro de los cuales sirvió como Jefe de la Oficina del Medio Oriente.  Desde que se radicalizó por sus experiencias con las fechorías de los EU en Iraq, ha sido un crítico persistente de la política exterior norteamericana y del papel que los medios de comunicación del establishment han desempeñado como cómplices  de ésta.

Este es un libro bien escrito y de impacto.  Hedges logra con gran efecto inyectar vida a su narración con historias de casos individuales, tanto de veteranos heridos en combate en El Salvador, Israel y Sur América (54-58) como de trabajadores de la ciudad y del campo en los EU, China e India cuyas vidas han sido desgarradas por el capital (28-32).  Pero su fuerte es el análisis que presenta sobre la manera en que los medios de comunicación y propaganda han apuntalado la política del gobierno norteamericano.  En el capítulo tres del libro hay un relato fascinante sobre el papel que desempeñó el Comité de Información Pública (Committee for Public Information, CPI), establecido una semana después de que  E.U. entró a la Primera Guerra Mundial.   Dicho organismo, encabezado por un George Creel, un ex –muckraker, fue un pionero de la propaganda de masas y su meta, según el mismo Creel, no solamente fue apoyar la guerra, sino también desacreditar toda oposición a la participación de los EU en esa conflagración. 

El New York Times, desenmascarado

Hedges se dedica, en gran parte, a mostrar como los medios de comunicación del establishment trivializan todo lo que tocan.  Pero es particularmente devastador cuando expone el “periodismo objetivo” que supuestamente gobierna el reportaje  practicado por el New York Times.  A Hedges lo despidió ese periódico  por haber criticado abiertamente la guerra con Iraq, especialmente  en el discurso de graduación que dio en Rockford College, en el estado de Illinois, en el 2003.  Mientras tanto,  su compañero de trabajo, John Burns, permaneció inamovible en su puesto después de haberse manifestado públicamente a favor  de esa agresión.

Siguiendo el hilo del “periodismo objetivo” del Times, Hedges cuenta que Abe Rosenthal, el previo redactor en jefe de ese periódico, un neoconservador, prohibió que críticos tales como Noam Chomsky fueran siquiera citados en el periódico y ordenó que no se publicara ninguna de las investigaciones de Ralph Nader críticas de las corporaciones a menos que el Times hubiera obtenido una respuesta preparada por la corporación criticada.  Al enterarse de esa orden, las corporaciones rehusaron responder, lo que eliminó del periódico toda mención de Ralph Nader y de su trabajo.   Según Hedges, esto tuvo  un efecto multiplicador en las redes de información impresa más importantes del país que dejaron de cubrir esas investigaciones.

Otro ejemplo interesante que Hedges relata sobre el mismo tema es lo que sucedió con Sydney Schanberg .  Después de que adquirió una gran reputación por su reportaje sobre Asia – especialmente Cambodia  (la película Killing Fields está basada en sus experiencias en ese país) – el New York Times lo asignó a trabajar, primero, como redactor de la sección metropolitana.  Pero después lo removió de ese puesto y lo asignó a escribir una columna en la sección editorial OpEd.   Según Hedges, éso se debió a que Schanberg se dedicó a escribir sobre los pobres, los desahuciados y las otras víctimas de los propietarios de bienes raíces en Nueva York,  lo que provocó el desprecio de Rosenthal quien empezó a hablar de él como “nuestro comunista en residencia”.  Schanberg no duró mucho más tiempo en ese periódico.

¿La Clase “liberal”?

Hedges articula sus argumentos alrededor de una idea general: la clase liberal ha muerto, lo que ha dejado el camino abierto a que los poderosos asuman el poder absoluto.  Es a ese nivel que su libro se vuelve confuso y poco convincente.

Primero, porque trata el concepto de clase como exclusivamente basado en ideas políticas (como el liberalismo) e ignora las características sociales y económicas que conforman una clase.  Para Hedges, los pilares de la “clase liberal” son los medios de comunicación, las instituciones religiosas, la universidad, el partido demócrata, las artes y los sindicatos,” los que según él han sido comprados con el dinero de las corporaciones y las dádivas que los estrechos círculos del poder se han dignado a darles (10).  Pero los elementos que según Hedges conforman su “clase liberal” no tienen nada que ver con los factores  que constituyen una clase social desde una perspectiva sociológica, ya sea Marxista o académica.  Además, su “clase liberal” también incluye instituciones tales como los medios de comunicación cuyos dueños son un sector importante de la clase capitalista. Los sindicatos, aún el gran número de aquellos que son conservadores, no pertenecen a la misma categoría social a la que pertenecen los medios de comunicación por la sencilla razón que no son parte de la clase capitalista, o de lo que Hedges llama ”los estrechos círculos del poder.” Y en cuanto al Partido Demócrata, aunque los liberales son un grupo importante  dentro de éste, son sólo una minoría, como también lo son dentro de las instituciones religiosas. Finalmente,  la fuerte presencia liberal en las universidades – aunque no en la administración de éstas- y en el mundo de las artes, no se ha traducido en la hegemonía cultural o ideológica de ese grupo en la sociedad en general.

Es posible que Hedges esté tratando de decir que, en los últimos años, instituciones importantes como ésas se han estado moviendo a la derecha.  Si esto  es lo que él está diciendo, es muy probable que tenga razón y su libro presenta muchas pruebas a favor de esa proposición. O quizás está tratando decir que el ala política liberal de la “clase media” no es confiable y que se va a entregar al poder.  Si esto es  lo que él quiere decir, también tiene razón,  aunque no es un suceso desconocido en la historia y se puede trazar al pasado, tan temprano como en las revoluciones de 1848 en Europa.  Aun así, es importante tener en cuenta que la “clase media” no es una masa reaccionaria indiferenciada, como Hedges parece implicarlo, y que hay sectores de esa clase que pueden moverse políticamente en otra dirección.

En la historia reciente de los EU hubieron momentos en los que el ala política liberal de la clase media se movió a la izquierda bajo el impacto del movimiento laboral de los 1930s.  El mismo Hedges relata cómo los liberales se unieron a los radicales para apoyar el Federal Theatre Project (Proyecto Federal de Teatro) y otros proyectos artísticos de izquierda, también en los años treinta (89-90).  Los movimientos radicales de los sesentas – negros, anti-guerra, liberación de mujeres, liberación de gays y lesbianas- tuvieron un impacto significativo en la política y cultura de sectores importantes de la clase media, particularmente en aquellos con un alto nivel educacional.  Aun la prensa más convencional  tuvo que reaccionar a la presión de los movimientos de masa de esos años.  Sydney Schanberg describió el papel de la prensa en ese contexto: “Lo hacemos por momentos.  Descubrimos el movimiento de derechos civiles. Descubrimos el movimiento por los derechos de la mujer.  Nos metemos  hasta las narices en ellos porque ahora es kosher escribir sobre los marginalizados y los que han sido tratados como ciudadanos de segunda clase.  Y cuando las cosas se calman se vuelve fácil dejar de hacerlo.” (Citado por Hedges, 147-148).

¿Denuncia moral o movimiento social?

Si es así, el asunto es como revivir los movimientos del pasado y apoyar el crecimiento de los nuevos,  como los que están luchando por proteger nuestro muy dañado medio ambiente.  Hedges reconoce la necesidad de hacer algo.  Escoge como modelo de acción a la organización pacifista  Catholic Worker (Trabajador Católico).  Renuncia por lo tanto a la violencia – sin que importe que tan justa sea la causa – porque según él, corrompe, deforma y pervierte a la gente (198).  También rechaza el éxito como la meta de la acción, citando a Dorothy Day, la fundadora y líder del CW: “El éxito, según lo define el mundo, jamás debe servir como criterio fundamental de la vida religiosa y moral, o de una vida de resistencia.  La espiritualidad, decía ella, se basa en el esfuerzo constante por luchar por la justicia y por la compasión, especialmente hacia los necesitados.  Y ese compromiso es de por sí lo suficientemente duro como para además tenerse uno que preocupar de su efecto final “(157).

Basado en esas ideas, Hedges concluye  que “Actos de resistencia son actos morales.  Suceden porque la gente de conciencia entiende el imperativo moral, más bien que el práctico, de la rebelión.  No se llevan a cabo porque son efectivos, sino porque son lo que es correcto hacer” (205).

Una política que sostiene que el éxito de la acción política es algo irrelevante está destinada a desanimar la participación popular en cualquier movimiento.  Uno de los pilares que sostiene la hegemonía de la clase capitalista  es la sensación que tiene la gente trabajadora de su absoluta falta de poder. En general, no cree que tiene la posibilidad de ganar ninguna lucha que cambie significativamente los arreglos sociales y políticos que la oprime y explota.  Es más bien esa manera de sentir y no su aceptación de la legitimidad del sistema  lo que la paraliza y la hace resignarse en lugar de resistir activamente.

Muchos aceptan la cita de Lord Acton, de fines del siglo 19, que el poder absoluto corrompe absolutamente, pero ignoran que la absoluta falta de poder crea su propia corrupción moral y política. La suposición de Hedges que a  aquellos movimientos sociales que tratan de tener éxito logrando su meta  – el poder – no les importa la moralidad, carece de fundamento.  Historiadores como EP Thompson han documentado las profundas, aunque no totalmente articuladas, preocupaciones éticas de los movimientos de la clase trabajadora enmarcadas en una “economía moral,” a veces acompañada de las creencias religiosas que son tan comunes entre los oprimidos. 

La manera en que Hedges trata la protesta está asociada con la concepción cataclísmica que él tiene de nuestra situación actual.  Según él, la reunión cumbre sobre el cambio climatológico en Copenhague muy posiblemente fue la última oportunidad para salvarnos de la destrucción ecológica.   Para él estamos al borde de un barbarismo que va a durar décadas y hasta siglos; la clase trabajadora ha sido aniquilada; las corporaciones se han apoderado de todas las fuentes del poder. Para Hedges, no es posible derrotarlas, ni siquiera influenciarlas mediante elecciones o movimientos populares.  Por lo tanto no es posible ningún cambio estructural significativo, por lo menos durante nuestras vidas.  Su única alternativa es crear estructuras pequeñas, autocontenidas, que inflijan el menor daño posible al medio ambiente, dedicadas a la agricultura ecológica, autosuficientes y capaces de aislarse tanto como sea posible de la cultura comercial, para ver si así es posible sobrellevar el colapso que se avecina (194-195, 196,198, 205-206).

Es claro que en los países capitalistas más avanzados estamos viviendo un período de reacción.  El liberalismo – y la social democracia- se han ido a pique. La clase trabajadora y los movimientos de los oprimidos han sido derrotados, aunque no destruidos ni aterrorizados como sucedió bajo el fascismo.  Pero esa derrota no se puede atribuir a las fechorías cometidas por los medios de comunicación ni a la traición de la “clase liberal.”  Muy posiblemente se han vendido, y les falta valor.  Pero no son en sí la causa de  nuestros problemas. Estos son más bien el producto de una crisis que comenzó a fines de los sesentas y principios de los setentas, cuando el boom de la posguerra llegó a su fin y la patronal inició una ofensiva internacional que condujo por los siguientes treinta años para reorganizar el capital.  En los EU, el capitalismo neoliberal formó una alianza con el fundamentalismo religioso (que surgió como reacción a la revolución cultural de los sesentas) recién politizado que conllevó a la formación de una derecha  fuerte y poderosa.

Al cierre de esta reseña , han brotado en el Medio Oriente luchas que están sacudiendo el  control del imperialismo estadounidense y de las clases en el poder de la región.  Las luchas recientes en Grecia, Inglaterra y otros países de la Unión Europea están tratando de resistir el ataque del capitalismo provocado por la Gran Recesión.  Latinoamérica ya no es más el monolito pro-EU que era sólo hace unas cuantas décadas (salvo Cuba).  Dentro de los EU hay una clase trabajadora multinacional con una estructura ocupacional muy diferente de la que tenía hace treinta o cuarenta años.  Esta clase trabajadora reconstituida tendrá que encontrar sus propios métodos de lucha que concuerden con su  realidad, como lo fueron las enormes protestas de los trabajadores inmigrantes latinoamericanos que se dieron hace menos de cinco años.  Chris Hedges nos presenta una versión catastrófica de izquierda del “final de la historia” de Fukuyama.  A nosotros nos toca formular ideas que nos ayuden a liberarnos del presente y que nos permitan salir adelante.

Samuel Farber nació y se crió en Cuba y ha militado en la política socialista por más de cincuenta años.  Su nuevo libro, Cuba Since the 1959 Revolution: A Critical Assesment (Cuba desde la Revolución de 1959: una evaluación crítica) está por ser publicado por Haymarket Books en el otoño del 2011.

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