Estados Unidos: Absurdo y cruel

Por Paul Krugman

Esta semana, muchos analistas no cabían en sí de gozo después de que los republicanos de la Cámara, encabezados por el presidente del Comité de Presupuestos, Paul Ryan, revelasen sus propuestas presupuestarias. No han escatimado elogios hacia Ryan, asegurando que su plan establece un nuevo modelo de seriedad fiscal.

Bueno, deberían haber esperado hasta que las personas que saben leer los números de los presupuestos hubiesen tenido oportunidad de estudiar la propuesta. Porque resulta que el plan del Partido Republicano no es serio en absoluto. En vez de eso, es ridículo y despiadado a la vez.

¿Hasta qué punto es ridículo? Permítanme enumerar las razones (o más bien algunas de las razones, porque en el plan hay más disparates de los que me caben en una columna).

Primera, los republicanos han vuelto a recurrir a la economía vudú: la afirmación, refutada por la experiencia, de que las rebajas de impuestos se autofinancian.

Más concretamente, la propuesta de Ryan anuncia a bombo y platillo los resultados de un pronóstico económico de la Fundación Heritage, que afirma que los recortes de impuestos del plan propiciarán una expansión gigantesca. De hecho, la fundación predijo inicialmente que el plan del Partido Republicano reduciría la tasa de paro hasta el 2,8% (una cifra que no hemos alcanzado desde la guerra de Corea). Después de las burlas generalizadas, la previsión sobre el desempleo desapareció de la página web de la Fundación Heritage, pero el vudú sigue impregnando el resto del análisis.

En particular, la premisa original del vudú -la afirmación de que unos impuestos más bajos se traducen en mayores ingresos- sigue estando muy presente. La previsión de la Fundación Heritage tiene unos grandes recortes de impuestos que, en realidad, hacen aumentar los ingresos en casi 600.000 millones de dólares durante los próximos 10 años.

Una evaluación más racional por parte de la Oficina Presupuestaria del Congreso, un organismo independiente, cuenta una historia diferente. Muestra que una gran parte de los supuestos ahorros debidos a los recortes del gasto no se destinarían a reducir el déficit, sino a pagar las rebajas de impuestos. De hecho, la oficina presupuestaria ha visto que, a lo largo de la próxima década, el plan conduciría a unos déficits mayores y a más deuda que la ley actual.

Y respecto a esos recortes del gasto: olvidémonos por un momento de la asistencia sanitaria y centrémonos en el resto de la propuesta. Resulta que Ryan y sus compañeros están dando por hecho unos recortes drásticos del gasto no sanitario sin explicar el modo en que se supone que estos se producirán.

¿Hasta qué punto son drásticos? Según la oficina presupuestaria, que ha analizado el plan usando suposiciones dictadas por los republicanos de la Cámara, la propuesta defiende una reducción del gasto en partidas que no sean la Seguridad Social, Medicare y Medicaid -pero entre las que se encuentra la Defensa- que iría del 12% del PIB del pasado año hasta el 6% del PIB en 2022, y que solo representaría el 3,5% del PIB a más largo plazo.

Esta última cifra es menos de lo que actualmente gastamos solamente en Defensa; no es muy superior al gasto federal que había cuando Calvin Coolidge era presidente y Estados Unidos, entre otras cosas, solo tenía una diminuta estructura militar. ¿Cómo podría llevarse a cabo una reducción tan drástica de la Administración sin paralizar algunas funciones públicas esenciales? El plan no lo dice.

Y luego está la tan cacareada propuesta de abolir Medicare y sustituirlo por cupones que pueden usarse para comprar seguros sanitarios privados.

El problema de esto es que el mero hecho de privatizar Medicare no sirve para contener el gasto sanitario. De hecho, casi seguramente hará que aumente, al añadir un estrato de intermediarios. Pero el plan de la Cámara da por sentado que podemos recortar el gasto sanitario expresado en forma de porcentaje del PIB a pesar del envejecimiento de la población y del aumento de los costes sanitarios.

La única forma de que esto suceda es que esos cupones valgan mucho menos que el coste del seguro sanitario. De hecho, la Oficina Presupuestaria del Congreso calcula que, hacia 2030, el valor de un cupón solo cubriría un tercio del coste de una póliza de seguro privada equivalente al Medicare que conocemos. Así que el plan privaría a muchos, y probablemente a la mayoría de los mayores, de una asistencia sanitaria adecuada.

Y eso no debería pasar ni pasará. Ryan y sus compañeros pueden poner por escrito todos los números que quieran, pero los mayores votan. Y cuando descubran que sus cupones sanitarios se quedan tremendamente cortos, exigirán y conseguirán cupones mejores (lo que hará que se esfumen los supuestos ahorros del plan).

En resumen, este plan no es ni remotamente serio; por el contrario, es absurdo. Y también es cruel.

En el pasado, Ryan ha hablado mucho de cara a la galería sobre cuidar de los necesitados. Pero como señala el Centro de Prioridades Presupuestarias y Políticas, de los cuatro billones de recortes del gasto que propone para la próxima década, dos tercios conllevan la reducción de programas que principalmente prestan servicios a los estadounidenses con pocos ingresos. Y al revocar la reforma sanitaria del año pasado sin sustituirla por otra, el plan también privaría de seguro sanitario a unos 34 millones de estadounidenses no ancianos.

Así que los expertos que elogiaron esta propuesta cuando se publicó han quedado en evidencia. El plan presupuestario del Partido Republicano no es un intento bienintencionado de poner orden en la casa fiscal de Estados Unidos; es economía vudú, con una dosis adicional de fantasía y una gran ración de mezquindad.

Paul Krugman es profesor de economía de la Universidad de Priceton y premio Nobel de Economía 2008

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