Un análisis estratégico de la debacle demócrata en las elecciones de mitad de mandato

POR       Franklin “Chuck” Spinney

Al tratar de comprender por qué los demócratas acaban de estrellarse y chamuscarse, me parece que la primera capa a la hora de pelar la cebolla adopta la forma del reconocimiento de dos errores cruciales cometidos por Obama antes de asumir el poder. Realizó una campaña brillante siguiendo el vago tema del cambio. Con ello, desató un avispero de intensas expectativas que habrían sido difíciles de cumplir en las mejores circunstancias, pero que con las decisiones personales tomadas por Obama durante el periodo de transición garantizaron las peores.

Dos razones considerables sostenían el poder de su atractivo y situaban su relato pleno de exaltación en agudo contraste con la indignación que causaba Bush a la masa de partidarios de Obama en el Partido Demócrata y entre los independientes.

Una sensación de injusta penuria económica se encarnó en los extendidos sentimientos de inseguridad e ira que se desprendían de los efectos combinados de los niveles de vida estancados, la incesante pérdida de puestos de trabajo debida a la desindustrialización y la transferencia sistemática de riqueza de la clase media a las clases altas. La ira llegó a alcanzar una masa crítica bipartidista cuando se hizo evidente la masiva sangría de la clase media en la Gran Recesión, mientras los opulentos perpetradores de la sangría eran rescatados y se beneficiaban incluso de las llamadas políticas anti-recesión de la administración de Bush.

El creciente desagrado causado por las descontroladas medidas políticas de militarismo unilateral y guerra inacabable de Bush quedó reflejado en los conflictos cada vez más costosos y extraviados de Irak, Afganistán y otros lugares (y acaso aumentado por un vago sentimiento de fatiga ante el miedo, lo que reflejaba la sensación de que era hora de acabar con la política del miedo y volver a un estado menos anormal de cosas).

Tanto Hillary Clinton en las primarias como John McCain en las presidenciales bailaron al son de la música de cambio de Obama, pero ninguno fue capaz (¿o quiso?) poner en evidencia cómo pensaba hacer cambiar el rumbo el candidato Obama. Y en efecto, al abstenerse de hacerlo, liberaron al presidente Obama de la constricción de tener que vivir entre los estrechos márgenes políticos impuestos por promesas concretas. Con ello se abrió la puerta hacia un cínico “desplazamiento hacia el centro” por medio de una serie de tímidos compromisos y acomodos, justificados por la gastada teoría de que sus partidarios más comprometidos no tenían adónde ir. Esa cansada justificación puede funcionar bien entre la autorreferencial clase política del Versalles del Potomac, pero quienes apoyaron Obama tenían adónde ir: la base más firme podía sencillamente quedarse en casa y a los independientes les gusta cambiar de bando.

El giro fatal de Obama se inició inmediatamente después de su elección cuando prefirió cambiar de sitio las tumbonas de cubierta del Titanic escogiendo miembros del oligárquico sistema establecido que contribuyó a crear y se benefició de los estropicios económicos y de seguridad nacional que heredó, a saber, Timothy Geithner, Lawrence Summers, Robert Gates, y Hillary Clinton, más la plétora de bichos raros y aspirantes en segundo plano que provenían del aparato económico y de seguridad nacional de Clinton a la expectativa, es decir, “la mafia de la buena guerra” de los diletantes de la diplomacia de ataques de precisión/coactiva en defensa, como Michèle Flournoy, cuyo principal logro hasta la fecha ha consistido en hacerse un completo lío con el Examen Cuatrienial de Defensa (Quadrennial Defense Review).

Estas decisiones de personal dejaron listo el escenario para la continuación del todo-sigue-como-de-costumbre de Reagan/Bush/Clinton/Bush con un rostro más amable y gentil, adoptando la forma de medidas políticas que (1) prosiguen las políticas económicas redistributivas que favorecen a quienes provocaron la catástrofe, si bien suavizadas por una política de estímulos muy visible aunque insuficiente y (2) continúan paleando dinero al Complejo Militar-Industrial y del Congreso por medio de (a) una escalada de la política bélica — por ejemplo, adoptar la idea del teatro de operaciones AFPAK (Afganistán, Pakistán) — so capa de una falsa distinción entre ampliar una guerra buena contra el terrorismo en Afganistán (y otros lugares) mientras se clausura la guerra mala en Irak (que remitía sencillamente de forma temporal, como demuestra el reciente recrudecimiento de los acontecimientos asesinos en Bagdad y la provincia de Anbar) y (b) las subvenciones cada vez mayores a un caduco programa de modernización inspirado en la Guerra Fría que no moderniza una estructura de fuerza que mengua y envejece.

El giro de Obama al centro permitió también a los republicanos evadirse de sus responsabilidades por los desastres que crearon ellos y sus antecesores demócratas y republicanos. Al mismo tiempo, la continuación del todo-sigue- como-de-costumbre enajenó a la base de partidarios de Obama cuyo entusiasmo resultó crucial para elegirle y mantener las mayorías demócrata en el Congreso. Los demás esfuerzos de Obama, como la tramitación de la reforma de los seguros médicos, se convirtieron en una masa informe y se volvieron blanco fácil de las distorsiones de los republicanos. Por ende, el efecto político de aprobar una ley para la reforma del seguro médico no fue lo bastante contundente como para superar el amplio distanciamiento en el seno de sus partidarios y de los independientes más comprometidos, que se quedaron con la impresión de que les habían tomado el pelo en las cuestiones referentes a la economía y la guerra.

El doble interrogante de por qué alguien tan evidentemente inteligente como Obama ha jugado de modo tan inepto las bazas de la gobernación y por qué razón los democratas le siguieron en su duplicidad componen la segunda y más definitiva de las capas de la cebolla. Estas preguntas exigen una investigación desapasionada y a largo plazo por parte de los demócratas, si de verdad quieren erigir una autodefinición con sentido acerca de quiénes son, lo que constituye hoy una condición necesaria, si no suficiente, para desarrollar una estrategia realista a fin de recuperarse. Personalmente, no soy optimista: el análisis autocrítico no es el punto fuerte del Partido Demócrata; buscar excusas, sí. .

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